Corría el año 1998, dos estudiantes de la carrera de economía de la Universidad de Cuenca, anunciaban en su trabajo de titulación, no sin cierto temor por la aparente irreverencia, que el sistema financiero ecuatoriano mostraba claros signos de acercarse a un colapso.
Como cuenta la historia, esa premonición se cumplió, constituyéndose también en la amplia puerta de entrada para el desbarranco de la moneda nacional, el sucre, tan desprestigiado en ese entonces, como añorado sensibleramente por algunos, poco tiempo después.
El dólar hizo su aparición como la válvula monetaria de escape, el sucre se devaluaba en 190% en un solo año y el gobierno de Jamil Mahuad decretaba un Feriado Bancario; la moneda extranjera surgió como el salvavidas para una casi ahogada economía, la palanca para salir del hoyo, o como un dilecto amigo ha calificado, hizo su aparición el mejor ministro de economía que ha tenido y tendrá la república del Ecuador.

Aquel 9 de enero de 2000, el Ecuador recibía los primeros días del nuevo siglo con un panorama crítico y de extrema incertidumbre. Los primeros años fueron un ejercicio de consolidación y de, por qué no decirlo, de algunos hechos afortunados: una década (2005-2014) de altos precios del petróleo, y de otros, penosos, pero irónicamente sustentadores del modelo dólar, como el cada vez mayor ingreso de dinero de migrantes, irónico este hecho, porque fue precisamente la crisis de fin de siglo que produjo la decisión de reemplazar el sucre por el dólar, la que provocó en notable medida la salida de connacionales.

Otro hecho, no menor, que contribuyó a la consolidación del dólar fue el enorme respaldo popular a la circulación de la moneda, pese a sus enormes dificultades iniciales y a sus impedimentos técnicos, reflejados especialmente en la imposibilidad de ejecutar política monetaria en las condiciones que el resto de países (salvo pocas excepciones en el mundo) lo pueden hacer. En la muestra de resiliencia más importante que ha observado este país, la población acogió la moneda extranjera con esperanza, pero, sobre todo, y esto es absolutamente remarcable, con enorme confianza. Poco a poco la nostalgia fue reemplazada por un hecho práctico: se había recuperado la capacidad adquisitiva, los precios no cambiaban, se podía planificar.
Tras un cuarto de siglo de su implementación las amenazas están más vigentes que nunca: baja competitividad, desinstitucionalización, graves problemas fiscales, entre muchas otras. No queda más que confiar otra vez en esa noble característica del ecuatoriano. la de nunca darse por vencido.
Sobre el autor:
Docente e Investigador de la Universidad de Cuenca y Decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas
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